Excursión de un día a Sara y Ainhoa
Por Ania
Aunque nuestras localidades costeras suelen acaparar todo el protagonismo, nos sentimos increíblemente afortunados de contar con un extenso valle interior repleto de pequeños y encantadores pueblos que conservan su carácter auténticamente local y ofrecen a los visitantes la oportunidad de descubrir la verdadera identidad de esta región. Las tradicionales plazas de los pueblos, las casas con entramado de madera y los artesanos de esta zona son motivo más que suficiente para que merezca la pena visitar el País Vasco.
Aunque te recomendamos que explores la campiña francesa con nuestros guías, que pueden compartir contigo información privilegiada sobre estos pueblos bucólicos, hace poco hicimos una excursión de un día a Xareta, la «Tierra de los Bosques», y estamos deseando contarte un poco lo que aprendimos, dónde paramos y cuál será nuestro próximo destino.
Ainhoa
Tras serpentear junto al mar y adentrarnos en el interior, pasando por bosques y ríos de aspecto encantador, llegamos a nuestra primera parada en Xareta, Ainhoa. La localidad se fundó en el siglo XIII como enclave comercial que acogía a los peregrinos en su camino hacia Santiago de Compostela. Aunque es pequeña, su calle principal, flanqueada por antiguas y grandes casas del siglo XVII pintadas de rojo y blanco, con las onduladas colinas verdes como telón de fondo, resulta inolvidable. Así es como nos mantuvimos ocupados en este pueblo de tan solo 700 habitantes.
- Pierre Oteiza: un reconocido charcutero cuyos productos proceden del País Vasco francés. Oteiza cría ganado de una calidad excepcional; cualquier cosa que elijas será un acierto. Haz acopio de todas sus delicias, ya sean en conserva o no, y llévate también un talo.
- Iglesia de Ainhoa: destaca por su hermoso retablo y su galería de dos plantas.
- Capilla de Hawthorn: la caminata de una hora merece la pena por las vistas de 360° desde las que se puede ver hasta la frontera con España; la colección de lápidas con forma de disco, llamadas «lauburu», también resulta interesante desde el punto de vista histórico.
En nuestra próxima visita, tenemos pensado probar Ithurria, donde, según hemos oído, un chef estrella regenta una joya escondida en el pueblo.

Sara
De vuelta a la carretera, nos abrimos paso por una red de pequeñas carreteras rurales durante 15 minutos, hasta llegar al siguiente pueblo de Sare, digno de una postal. Históricamente, Sare fue un importante centro de contrabando. Hoy en día, la localidad tiene un ambiente muy local (¡y muy seguro!) y el pueblo en sí se articula en torno a la Place du Fronton, donde se practica la pelota vasca.
Por la mañana habíamos hecho una buena caminata, así que nos encantó pasar la tarde paseando desde la plaza principal de Sare por las calles del pueblo, que conducen todas hasta las afueras del mismo.
- Hotel-Restaurante Arraya: una antigua posada de carruajes en la que merece la pena hacer una parada. El interior es elegante y cuenta además con un precioso patio, con un ambiente acogedor y un sabroso menú que ofrece todo tipo de platos tradicionales y caseros.
- Casa Ortillopitz: descubre cómo era la vida en una granja del siglo XVII en esta vivienda vasca muy bien conservada, con mobiliario tradicional y una arquitectura única.
La próxima vez tenemos pensado subir en el tren de cremallera, «Le Petit Train», hasta la cima de La Rhune. Los vagones originales están fabricados con madera de castaño de la zona y dicen que las vistas panorámicas son espectaculares.
No somos los únicos que apreciamos estos pueblos —ambos figuran en la lista de los «pueblos más bonitos de Francia»— y son un punto de partida ideal para descubrir esta región tranquila y montañosa.